Los porqué de una historia desconocida o ignorada.

Si existe un tema colombicultural capaz de obsesionarme fuertemente, este es, sin duda alguna, el concerniente a la, hasta ahora, nebulosa historia del origen de nuestra paloma, su tramazón genético subsiguiente y la incógnita que nos plantea su morfología genética actual. Me preguntarán ustedes por qué. Es que pienso que así como el carpintero, por ejemplo, necesita inevitablemente conocer la naturaleza de las maderas que eventualmente puede llegar a trabajar con miras a aprovechar al máximo sus virtualidades, o el alfarero las particularidades de la arcilla que modela, de modo que sus hábiles manos puedan hacer realidad los ensueños estéticos de su mente, así nosotros, los criadores de la paloma belga de carrera, deberíamos conocer tanto cuanto fuera posible la composición del material genético de nuestra ave predilecta, a fin de modelar su ser imponderable en correspondencia a nuestras conocidas necesidades. La problemática que plantea esta cuestión puntual, según creo, jamás fue explorada debidamente.

Son innúmeras las preguntas que al respecto podemos formularnos;  ¿Quién sabe realmente, cuándo, de qué modo y a raíz de qué apareció en Bélgica el ave que nos ocupa?. Su obtención, ¿fue fortuita o deliberada?. ¿Qué es lo que hicieron inmediatamente de "creación" nuestros pioneros colombiculturales?. ¿Laboraron consciente y responsablemente o, por el contrario, caprichosamente?. ¿Qué pasó a posteriori?. ¿Qué razas fueron cruzadas con las mestizas primigenias?.

¿Para qué?. ¿Qué pasó en consecuencia?. ¿Qué es lo que estamos haciendo ahora mismo nosotros?. ¡Qué escasa, qué inapropiada, qué ambigua y poco confiable es la información disponible al respecto!. ¿O será qué solamente tienen acceso a ella los colombicultores que no manejan habitualmente nuestro idioma?

La historia de la paloma mensajera, no es propiamente la historia de la paloma belga de carrera. La primera está llena de generalidades, de imprecisiones y de conjeturas. La otra, tiene un inicio menos difuso pero, al poco tiempo, se nos diluye entre un mar de dudas y misterios. Son historias distintas y sólo se entrecruzan y confunden momentáneamente en un lapso de tiempo y en un espacio geográfico determinado, para separarse instantáneamente para siempre. Sabemos lo suficiente sobre el segundo, pero no hay seguridad alguna que permita precisar, aunque más no fuera aproximadamente, cuál fue el año que alumbró la existencia de nuestras queridas palomas. ¿Fue el telégrafo aéreo de Chappe o el alámbrico de Morse el verdugo de las palomas mensajeras utilizadas en Bélgica al tiempo de la aparición de nuestra paloma en aquel país? ¿Cuándo fueron perdiendo su empleo, paulatina pero definitivamente, las restantes palomas mensajeras del orbe? ¿Qué es lo que ha sido de éstas y de aquéllas? ¿Vegetarán aún, incontaminadas, como reservorios genéticos a los que fatalmente tengamos que recurrir algún día? ¿Cuáles de las razas que intervinieron en la formación de nuestra paloma eran realmente mensajeras? ¿´Cuáles no lo fueron y por qué peregrina idea se las conjugó con aquellas? Tal vez sea necesario una breve aclaración a este último respecto: según los más confiables, competentes y advertidos biógrafos de nuestra ave predilecta, en su primigenia versión, ésta resultaría seguramente producto de la unión de dos razas mensajeras tremendamente diferentes, cual fue la denominada "acorbatada francesa" y la "carrier inglesa", probablemente descendientes directos de la acorbatada de Esmirna (Turquía) y del carrier persa (Irán), a las que pudo adosarse, sopechablemente, la antigua volant de Amberes (Bélgica), la de los ojos perlados. Y, ¿qué pasó con sus descendientes? ¿Fueron cruzados entre sí y sobre sus progenitores, o sólo entre ellos mismos? ¿Qué tipo de hibridación prefirieron emplear nuestros precursores primitivos? ¡Tal vez nunca lo sabremos! Lo cierto es que solamente dos variedades descollaron pujantemente, la de Lieja, que se asemejaba grandemente a la acorbatada francesa y la de Amberes, que tendía hacia el carrier, aunque también exhibía de tanto en tanto el ojo de iris albo, característico de la paloma de vuelo amberesa. Al cabo de escaso tiempo, sin embargo, las diferencias tajantes habían prácticamente desaparecido, razón por la cual se bautizó a aquellos ancestros de nuestras aves bajo el sugestivo nombre de paloma viajera, mixta o ordinaria belga. Empero, presentaban tal variación gene y fenotípica, que en una canasta cincuenta individuos era muy difícil encontrar dos o tres tipos que representaran  esa paloma, decididamente abstracta, de ahí la subsecuente necesidad de pergeñar un estandarte que la modelara. ¿Cuándo ocurría todo ésto? ¿Es posible datar fehacientemente estos acontecimientos? Creo que sí. ¿Qué pasó luego? En principio, parece que no solamente Ulens, o más bien su criado, Bernertsse pudo  diseñar su propia raza, aparentemente de la triple unión del carrier con la culbutant (volteadora) y la para mí desconocida Smyter, sino que innumerables criadores trataron de hacer lo mismo, creando un desbarajuste genético cuyos efectos seguramente tardarían muchísimo en difuminarse. De todos modos, para principios de nuestro siglo, la paloma viajera ya no se parecía ni a la acorbatada ni a la carrier. Entonces, ¿a quién se estaba asemejando? ¿A la antigua voladora de Amberes? ¿A la volteadora? ¿A la Smyter? ¿Qué nos ha quedado para cultivar? ¿Acaso los fenotipos aerodinámicos de las no mensajeras introducidas antaño, con aleatorios residuos del mecanismo de orientación prodigioso que caracterizó a las mensajeras básicas? ¿Será por ellos que hay tanta escoria en nuestras coladas anuales? ¿Qué genitores, algunos de ellos tal vez insospechados, manifiestan en la actual deriva genética, ya ocasional, ya frecuentemente, caracteres sorprendentes tales como la presencia de plumas en las patas y tarsos; ceras periorbiculares rosadas o preciosamente rugosas; picos cortos; cabezas de variada estructura y proporciones; distinta largura y grosor del cuello; longitudes y tamaños dispares en el tronco; formas, extensión y detalles especiales en la quilla del esternón; en las alas; coloratura del plumaje y del iris; ojos con y sin círculo de adaptación o correlación y, contándolo, fino o grueso, o reducido a apariciones fragmentarias? ¿Aplicaremos algún día las técnicas de "la paternidad" para averiguar qué es lo que está sucediendo en los genotipos de nuestras viables aves? ¿Lograremos poner a salvo de nuestra pertinaz ignorancia colombicultural aquello que hace que una paloma pueda regresar a su hogar? El fino mecanismo de orientación a distancia que le permite encontrar el camino de regreso a casa desde distancias desde las que nunca sospechó podía volver. ¿Cuántos kilómetros como máximo tenían que volar entre ida y regreso a sus lugares de alimentación aquellas palomas que en Oriente Próximo iban a convertirse en las antecesoras de las mensajeras? Y, ¿cuántos las que cumplieron efectivamente ese servicio? ¿Qué está haciendo ahora mismo la madre naturaleza al amparo de la gimnástica funcional permanente a que sometemos el anormal vuelo de nuestras aves, que jamás fueron migratorias? ¿Estará ella disponiendo pacientemente las cosas para hacer de ellas palomas superlativas? Totalmente ignorantes de sus inaparentes designios, ¿Destruiremos inadvertidamente cada año sus arcanos proyectos, lo que ha planificado para un futuro extremadamente distante? Ella tarda eones en diseñar la compleja estructura, tamaño y forma de una pluma remera, nosotros pensamos que los casi doscientos años que lleva viviendo nuestra emplumada ya van siendo demasiados, por más que nuestros anhelos de perfectibilidad la vislumbren idealmente como un todo, indudablemente inabarcable. ¿Será el vexilo ondulado, en el futuro lejano, uno de los caracteres deseables para el ala de una paloma de larga distancia? ¿Será la quilla "baja" la más favorable al sostén y apoyatura de la musculatura de vuelo de esa incomparable paloma? ¿Qué largo debe tener realmente el "brazo" de la paloma obligada a volver en el menor tiempo posible desde tan grandes distancias? Y, ¿qué genoma estamos haciendo prevalecer hoy día con nuestro hábito de medicar permanentemente a nuestras aves? ¿Cómo saber científicamente qué es lo bueno y lo malo en relación a esta paloma, habida cuenta de sus especialísimas circunstancias existenciales?  ¡Qué cosa terrible es actuar como aprendiz de alfarero frente a esta complejísima criatura! ¡Sintámonos humildes, para que el Cielo disculpe nuestras equivocaciones.

En la 1ª parte habíamos visto como se había gestado la primera versión de la paloma de carrera belga, según sus más confiables historiadores, y cuál había sido el desarrollo del palomismo hasta unos años más allá de su medio siglo de existencia, pues abandonamos nuestro relato en 1856.

Como recordaremos, los aficionados de aquella época estaban compitiendo desde lugares tan alejados como Roma y Calvi, entre otros, no tentados en la actualidad debido principalmente a las elevadas bajas que se registran desde tales puntos.

Las aves utilizadas a la sazón probablemente no serían otras que aquellas descendientes del triple cruce original: la acorbatada francesa por la carrier inglesa, con el añadido de la antigua voladora de Amberes. Que los productos de tal cruzamiento eran buenos, nos lo testimonia ciertamente el emprendimiento de estas aventuras. ¿Se justificaba, pues intentar la obtención de otro tipo de paloma? ¿Y qué pasó con el preexistente luego del advenimiento del mismo? Vayamos por partes. Según Gigot y sus seguidores, al promediar aproximadamente el siglo pasado, un aficionado de Amberes, el señor Ulens (hay quienes aseguran que fue su criado Beernaerts) obtuvo algunos ejemplares excepcionales entrecruzando el carrier persa con la volteadora  y la Smyter, especímenes éstos que, en su dispersión, habrían de apuntar la fama de estos poseedores.

Examinemos un poco la composición de esta probable segunda versión de la paloma de carrera belga. El carrier persa y el inglés eran una misma cosa de modo que estamos aquí en presencia de la paloma mensajera más notoria de cuantas fueron utilizadas para desempeñar el oficio. ¿Qué podía aportar ella, a su reconocida capacidad de orientación y a su proverbial apego al palomar, fundamentalmente, la paloma volteadora, que no era mensajera? ¿Y quién era Smyter acerca de la cual ni Henri Gigot ni sus seguidores nos dan mayores precisiones? ¿Podría tratarse de la ya mencionada acorbatada francesa? ¿Por qué no nombrarla y describirla como tal, entonces?

Preguntamos esa posibilidad cuando Gigot nos dice que una de las características ocasionales de los Ulens "en pureza" era el crecimiento de plumas invertidas en el pecho pero, ¿será así realmente? Si, como quiere Roch Sanfulgencio ç, las primeras palomas de carrera aparecieron en 1850, ¿por qué hacía como medio siglo que los aficionados concursaban a estas aves asiduamente? ¿Y por qué hacerlas naturales de Amberes, cuándo el decano de sus cronistas, el doctor Felilicien Chappuis y el no menos célebre escritor especializado Víctor de La Pierre de Roo, que habían estudiado bien de cerca esta cuestión, aseguraban que las primeras ciudades en albergar nuestras palomas fueron Lieja, Verviers y Namur, ya que Bruselas y Amberes sólo cultivaban mensajeras por utilidad que éstas prestaban a los comerciantes allí afincados en las operaciones bursátiles?

Además, ¿no había ya en Amberes una paloma propia una variedad que se asemejaba mucho al carrier, aunque oriunda también de la acorbatada francesa y por cuyas venas corría sangre, tal vez en ínfima proporción, del antiguo volant de esa misma ciudad? Si realmente fue tan célebre el señor Ulens, ¿por qué es tan poco lo que se recuerda de él? ¿Por qué no han llegado hasta nosotros constancias de sus renombrados éxitos? ¿Por qué no habla una palabra de él Felicien Chapuis, nacido en 1824 en Verviers, un año antes de que comenzaran a fundarse las primeras asociaciones colombófilas y que necesariamente debió de haberse enterado de la existencia de tal colombicultor pues, antes de morir en 1879, había dicho según Castelló y Carreras, lo primero y lo último sobre nuestra actividad? ¿Y por qué no lo menciona para nada La Perre de Roo, quien para 1901 aún vivía, muy anciano ya, pero perfectamente lúcido? ¿Y por qué también es desconocido para Castelló y Carreras, escritor veraz y excelente que estudió en Bélgica en 1882 y trató enjundiosamente nuestra problemática colombicultural en su insuperable Colombofilia, ediciones de 1894 y 1901? ¿Y por qué Ulens mismo no habló de su creación? ¿Sería una fábula del señor Voot de Amberes, por cuyo conducto nos ha llegado esta versión tan incoherente? ¿Sabía Henry Gigot en 1910 de que estaba realmente hablando o hacía propaganda comercial para las descendientes de la estirpe Ulens? El indica que en 1866 aquél vendió, excepto cuatro , la totalidad de sus palomas al señor Wuydt. ¿Cómo andaba el palomismo por aquel año? Pues se habían celebrado ya los tres primeros grandes nacionales anuales en Bélgica, el primero de ellos organizado probablemente por "L' Unión et Progrés", con suelta desde Mont-de-Marsan y ganado por el señor Cheron, de Peruwels; el segundo, en 1865, desde Toulouse, patrocinado por la "Libre Abéona" (638 palomas), cuyos tres primeros puestos fueron cubiertos por animales de aficionados de Bruselas, Gilson, Jamodt y Sluys, respectivamente. El tercero (1866), desde Lamothe (811 aves).

El triunfo fue para el señor Torfa de Lierre. Lo escoltaron en éste orden Thuriaux y Siereiens, de Bruselas. Para cuando Ulens vendió sus cuatro palomas finales en 1872 al señor Salsmans, ya eran nueve los grandes nacionales anuales disputados y comenzaban a destacar en ellos los Grooters y los Pletinckx de Bruselas, los Jurion de Braine y, especialmente, los Sluys de Bruselas con un segundo y tercer puesto desde Auch (1869) entre 1268 palomas; un tercero desde Da:r (1871), entre 923 aves participantes y en igual posición en el de 1872, corrido desde Morcenx, donde compitieron 752 animales.

Tal parece que este aficionado había incorporado los Ulens a su excelente cultivo, pero, ¿en qué momento? Se sabe de él que fue uno de los más antiguos y prestigiosos aficionados de Bélgica.

Siguiendo a Gigot, la presencia de sangre Ulens en su cultivo provenía de un macho denominado "el escamado oscuro viejo", descendiente de los Van Schingen y que André Sluys recibió de Delmotte padre, uno de los fundadores de nuestro deporte.
Se menciona también la participación de un macho colorado Van Schingen por Vegge, procedente de Jules Janssen de Schaarbeek. Los Schingen eran una variedad de los Ulens y los Wegges no eran Ulens puros, sino en una gran proporción. Sabido es que Carlos Wegge había ya adquirido renombre bastante tiempo antes de que se introdujera en su cultivo las Ulens, a través de Vekemans.

Como puede verse la historia de la variedad Ulens plantea colombiculturalmente hablando infinitos interrogantes. Es indudable que ella ha cumplido un rol protagónico en la obtención de la paloma de carrera actual, ¿pero hasta que punto?¿y que hay de cierto respecto a la intervención en dicho cruce de la volteadora? Se la describe como una paloma de reducida talla, esbelta, con alas de longitud mediana, apoyadas sobre la cola y sobresaliendo del extremo de ésta; su cabeza es pequeña sus ojos perlados y circundados de rojo; el pico mediano y de color variable; sus patas cortas y desnudas. Recibe esa denominación debido a que cuando se haya a cierta altura, se deja caer, ejecutando volteretas.
¿Para qué quería Ulens o Beernaerts introducir al cruce de la carrier persa esta ave no mensajera? Respecto a la misteriosa (para nosotros, tal vez) Smyter.

Sería sumamente interesante para conocer de verdad como fue "fabricada" nuestra paloma, qué hay de cierto en todo esto, teniendo en cuenta que Félix Gigot (el padre de Henri) fue quien se dedicó a publicitar, volviéndolos muy famosos los cultivos de Carlos Wegge de Lier, Alejandro Hansenne de Verviers, Grooter, etc., convirtiéndose en su representante comercial, por lo que bien pudo adornar bastante la realidad para volverlos, así, irresistibles.

Esta es la última parte de "Alfareros de la creación" por Juan Carlos Rodolfo Ceballos. Espero les agrade y encuentren esto tan interesante como fantástico.
Así lo veo yo.

 

Con el mayor respeto colombófilo: Carlos Alfredo Bachi Acosta.



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